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lunes, 19 de septiembre de 2011

FERNANDO E ISABEL Y VICEVERSA








Cuando isabel y Fernando se volvieron para saludarnos, comprendí la unión tan perfecta que siempre había habido entre ellos. Estaban bellísimos los dos. Hasta pasado un buen rato no me di cuenta de la realidad. Era tal la perfección en sus rostros que era casi imposible averiguar quien era quien. Sólo observando detenidamente sus miradas, los que los conocíamos podíamos saber la verdad. Tanto isabel como Fernando habían nacido en un cuerpo cambiado. La delicadeza de uno se complementaba con la rudeza de la otra. Con el paso de los años se habían hecho más iguales. Habían llegado a un punto en el que no se sabía quien era quien. Físicamente eran perfectamente iguales. Sólo podías ver las diferencias si los encontrabas desnudos. Cosa que nunca ocurría. Se guardaban mucho de mostrarse sin ropa ante nadie que no fueran ellos mismos. Cambiaban sus papeles tan amenudo que ya ni nos molestábamos en intentar saber quien era una u otro. Los aceptábamos como si fueran uno solo.

Ahora se les veía más felices que nunca, porque ahora si había una diferencia. Ella se había convertido en él y él en ella definitivamente. Había sido una operación de cambio de sexo complicada pero eficaz. Se trasplantaron mutuamente y consiguieron corregir el error cometido por la naturaleza. Pero seguían tan unidos como siempre y era muy difícil que nadie se acercara a ninguno de ellos sin la aprobación del otro.

Se acercaron a nosotros y los cinco nos fundimos en largo y caluroso abrazo. Volvíamos a ser los mismos. Hasta Eliseo me transmitió el amor que tanto echaba yo de menos.

Fue una velada muy agradable. Isabel, la auténtica, preparó una de sus especialidades y lo regamos con un Marqués de Cáceres. Nos bebimos tres botellas entre los cinco, lo que hizo que fluyera la comunicación entre nosotros como si no hubiera pasado el tiempo. Recordamos viejos momentos y llegado al punto del motivo por el que nos habíamos reunidos todos permanecimos un buen rato en silencio sin atrevernos a decir nada. El recuerdo de Zacarías pesaba demasiado...
El primero en romper el silencio fue Matías. Sacando una pequeña caja de uno de los bolsillos la depositó sobre la mesa. Ninguno se atrevía a abrirla.

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