viernes, 9 de febrero de 2018

PLAZA MAYOR 400 AÑOS



Me atraen mucho los cascos antiguos de las ciudades. Tienen un olor especial. Cada ciudad tiene su aroma particular, en algunos casos su fetidez. 
La plaza Mayor de Madrid huele a calamares, a cerveza fresca, a tortilla española, a juventud, a incienso. Cada rincón, cada portal huele a historia, a pasión, a desamor y a sexo.
Saliendo por la parte Oeste llego al mercado de San Miguel. Es un edificio de principios del siglo XX, hecho de hierro y cristal.
Recién reconvertido en lugar de tapeo huele a queso de tetilla, a vino tinto y a un sinfín de fragancias desprendidas de cuerpos jóvenes y hermosos.

En primavera, al atardecer suelo sentarme en la terraza de enfrente y juego a descubrir los secretos que esconden los transeúntes. Huelo su piel que me habla de amores escondidos, amores prohibidos que dan rienda suelta a su pasión en cualquier baño de cualquier lugar donde sea propicio el encuentro fugaz. Huelo sus entrepiernas. El semen y el sudor se funden fabricando un perfume embriagador. En esos momentos, a veces no puedo evitar seguir a algún hermoso joven, aún no saciado del todo. Me dejo llevar por su olor cada vez más penetrante, me acerco a él con sigilo y me lleno de su aroma...

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